Leia: O ANO BÍBLICO com a bíblia NVI e a Meditação Matinal - Maranata, O Senhor Vem! - Ellen G.White

LIÇÃO DO SEGUNDO TRIMESTRE DE 2018

CAPÍTULO 11
La falsa adoración

Después del Diluvio, los constructores de la torre de Babel se propusieron: «Hagámonos un nombre» (Gen. 11: 4). Ellos creían orgullosamente que una estructura que llegara «al cielo» los salvaría de la catástrofe (vers. 4). ¿Por qué preocuparse por una inundación global si podían salvarse con el trabajo de sus propias manos? Ellos no solo no creían en la promesa de Dios de que no enviaría otro diluvio (Gén. 9: 11-17), sino que establecieron un peligroso precedente que demostraría ser la ruina de las generaciones futuras: la salvación por las obras. Esta es la premisa que yace en el corazón de toda falsa religión.

Nada ha cambiado

La «Prueba A» en este sentido es la Iglesia Romana. Históricamente, esta ha sido autoritaria en su teología y su práctica desde el principio. Sin embargo, a principios de la década de 1960, el Concilio Vaticano II representó un cambio en esta actitud hacia las'iglesias y religiones no católicas. El Papa Juan XXIII presentó un enfoque más pastoral hacia el evangelismo mundial y quiso que su iglesia fuera vista como la «madre amorosa de todos».1 Pero este cambio de rumbo fue más un cambio de táctica que un cambio en la teología y el manejo de la iglesia.

Términos como iglesia madre y madre María suavizaron la imagen de la Iglesia Romana, y se esperaba que sirvieran para cortejar a todas las iglesias y religiones para atraerlas a su redil. Hoy, el movimiento ecuménico es prueba de que se trató de una movida inteligente. Sin embargo, las enseñanzas y doctrinas de la Iglesia Católica han permanecido sin cambio alguno. De hecho, los últimos cincuenta años han visto a los protestantes aceptar lentamente el plan de la Iglesia Romana, uniéndose de forma sistemática a la caída de la gran Babilonia (Apoc. 14: 8-11).

En resumen, estas son algunas de las enseñanzas erróneas ratificadas por el Concilio Vaticano II:

• Cristo le entregó la iglesia a Pedro.2

• El sacerdote de la iglesia es quien continuamente ofrece a Cristo delante de Dios durante la Eucaristía.3

• El Papa es «la cabeza visible de toda la Iglesia».4

• Los obispos presiden «en el lugar de Dios».5

• La iglesia es el «sacramento universal de la salvación».6

• María «sobrepasa a todas las demás criaturas, tanto en el cielo como en la tierra».7

• María es el «modelo de la Iglesia».8

• Los seguidores de Cristo «levantan sus ojos a María» y así «la iglesia con reverencia entra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación y se convierte cada vez más en su esposa».9

Todas estas creencias son claramente doctrinas que se enfocan en la iglesia en vez de enfocarse en Cristo. El sistema papal atrae la atención y la gloria a sí mismo, pero la verdadera obra del Espíritu Santo glorifica a Cristo (Juan 16: 14).

En este punto de la discusión debo aclarar algo importante. De ninguna manera una revisión franca de estas enseñanzas arroja ninguna sombra de duda sobre la sinceridad de los muchos cristianos maravillosos que hay en la Iglesia Católica Romana. Hay creyentes en esta comunidad de fe que se dedican a seguir a Jesús y a escuchar su voz. En la eternidad, disfrutaremos de su compañerismo. Tengo amigos católicos que son auténticos cristianos: aman a Dios, lo adoran y estudian su Palabra. Son la sal de la tierra y Dios los ama. Así que no haya malentendidos: a partir de la perspectiva bíblica, el objeto de nuestro estudio es el sistema de fe y enseñanza romano. No hay lugar para prejuicios personales contra los cristianos que se identifican como católicos.

Pasemos ahora a una pregunta necesaria. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Cómo llegó la Iglesia Católica a considerar que tiene la palabra final en materia de fe y práctica? La respuesta se remonta a una conversación entre Cristo y Pedro. Hacia el final de su ministerio terrenal, Jesús les preguntó a los discípulos: «Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mal. 16: 15, NVI). Sin titubeos, Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (vers. 16). A esto, Cristo respondió: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia» (vers. 18).

La Iglesia Católica cree y enseña que Cristo escogió a Pedro como el líder o el fundamento de la iglesia apostólica. De esta forma, cree que Pedro se convirtió en el primero de una larga línea de líderes. Pero si esto es así, ¿por qué entonces los discípulos vinieron más tarde a Cristo preguntando: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» (Mat. 18: 1). ¿Y por qué surgió «entre ellos una discusión sobre quién de ellos sería el mayor» (Luc. 22: 24)? Evidentemente, los Apóstoles no pensaron que Cristo había escogido a Pedro como el mayor entre ellos. Una teoría es que Pedro era el portavoz de los discípulos y, en ese sentido, era probablemente percibido como el líder entre sus semejantes.

Pero si este fuera el caso, ¿por qué Pedro y Juan fueron enviados por los otros apóstoles (Hech. 8: 14)? ¿Y por qué fue Santiago el líder del primer concilio registrado si Pedro era el papa (Hech. 15: 12-29)?

Cuando el evangelio comenzó a extenderse, Pablo llegó a dominar durante el resto de la historia apostólica e incluso reprendió a Pedro (Gál. 2: 11-14). Él envía saludos a varios creyentes, pero nunca menciona a Pedro (Rom. 16), que sería lo lógico si Pedro fuera el obispo de la iglesia.

Resulta claro que la Escritura calla sobre el tema de la sucesión apostólica: no hay una línea ininterrumpida de líderes desde Pedro hasta el final de la historia. A pesar de la ausencia de base bíblica, el Concilio Vaticano II afirmó que «únicamente a través de la Iglesia Católica de Cristo, que es el medio universal de salvación, se puede obtener la plenitud de los medios de salvación».10 Es decir, los pecadores están en deuda con la iglesia por la salvación y no con Cristo. ¡Qué falsificación!

Los sacramentos no salvan

En las epístolas de Pedro, el enfoque siempre está en Cristo y nunca en la iglesia. El nuevo nacimiento es un regalo dado a los seres humanos a través de la resurrección de Cristo (ver 1 Ped. 1: 3, 4) y «por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (vers. 23). La fe es «más preciosa que el oro» (vers. 7), porque los humanos no son redimidos por sus riquezas sino por la sangre derramada de Cristo (vers. 18-20). Y finalmente, Jesús «se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado» (Heb. 9: 26). No hay necesidad de «repetir» el sacrificio de Cristo durante la Eucaristía.

Fíjese en que Pedro pone siempre la atención en Dios. Todas las bendiciones vienen directamente de él y no a través de una iglesia. La fe se obtiene «por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo» (2 Ped. 1: 1). La gracia y la paz se obtienen «en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (vers. 2, 3). La participación en la naturaleza divina se obtiene a través de sus «preciosas y grandísimas promesas» (vers. 4), no a través de los siete sacramentos de la iglesia.

Pero en el sistema papal, la Eucaristía reemplaza al Calvario. El documento Vaticano II declara: «La Eucaristía se muestra como la fuente y el ápice de toda la obra de predicación del evangelio».11 «Los sacerdotes cumplen su principal deber en el misterio del Sacrificio Eucarístico. En él se ' sigue llevando a cabo la obra de nuestra redención»,12 por lo que la iglesia puede incluso ser llamada «el sacramento universal de la salvación».13 «Todos los sacerdotes cooperan en la realización del plan salvífico de Dios».14 Los sacerdotes «ejercen la obra de salvación mediante el Sacrificio Eucarístico».15

Claramente, la Misa se enfoca en el sacerdote y no en Cristo. De hecho, el papel del sacerdote es central en el plan papal de salvación. Franz Xaver Esser, un sacerdote jesuíta, describe gráficamente su papel: «Oh sacerdote, qué superhumano y grande eres. Eres como Cristo, que les dio órdenes al viento y al mar, y que caminó sobre las olas. [...] Con su cetro, el sacerdote entra al cielo y saca al Hijo de Dios del círculo cerrado del coro angelical, y todos ellos se muestran impotentes, no pueden impedirlo».16

Imagínense esto repitiéndose en todo el mundo por parte de miles y miles de sacerdotes. ¿Puede Cristo ser realmente sacado del cielo y bajado a un altar sacerdotal? ¿Ser sacrificado millones de veces cada mes como si los sacerdotes, y no Cristo, estuvieran a cargo del ministerio continuo de Cristo? Esto es algo que suena tan improbable; apenas tiene sentido; y lo más importante, ignora las palabras del mismo Cristo:

¡Consumado es!» (Juan 19: 30). La adoración genuina debe ascender al único Cristo verdadero en el cielo, dándole loas por su sacrificio, que nunca más será repetido en el Calvario.

Aparte de este sacramento, tenemos la inquietante doctrina del purgatorio, un supuesto lugar al que se va después de morir y que le da a la gente más tiempo para expiar sus pecados. El último Catecismo de la Iglesia Católica reafirma la doctrina del purgatorio: «Los [creyentes] que mueren [...] sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo».17 Esto significa que la preparación para ir al cielo debe alcanzarse después de la muerte. Pero, ¿cómo puede Dios amparar a las personas perdonadas y luego enviarlas a las llamas? La respuesta es simple: él no lo haría ni lo hará. La doctrina del purgatorio, sin duda, colapsa ante la suficiencia del pago absoluto de Cristo por el pecado a través de su muerte en el Calvario.

El reemplazo de Cristo por María

Durante la Edad Media, los creyentes creían que Dios el Padre debía «conceder a las oraciones de la Virgen Madre toda la consideración que un noble caballero debe a los deseos de su señora, y si su interposición en nombre de todos sus adoradores es considerada por el Hijo de Dios como muy ambiciosa, su Madre lo remite al quinto Mandamiento».18

Cuando Lutero era un monje agustino, «oraba especialmente a la Santísima Virgen, que con su corazón femenino podía apaciguar compasivamente a su Hijo»." Lutero también se refirió al falso cuadro de Cristo que el catolicismo le había enseñado: «Cristo es representado como un Juez aterrador. Su ira sobria y exigente fue forjada en el pueblo a tal grado que huían de él. Esta concepción era llevada tan profundamente en los corazones de la gente que tanto yo como otros nos aterrorizábamos cuando escuchábamos el nombre de Cristo. Nos enseñaron a invocar a la querida madre de Cristo y a rogarle [...] para

aplacar la ira de Jesús sobre nosotros y obtener su gracia».20

Añadamos entonces la mariolatría a la larga lista de falsas enseñanzas impuestas sobre millones de creyentes. Ciertamente, los santos son dignos de nuestro respeto y aprecio, pero solo hay un Intercesor y su nombre es Jesucristo. El es el único calificado para interceder en el santuario celestial. Ningún humano, incluyendo a María, está en condiciones de ayudar en la intercesión de Cristo. Solo Cristo es «Autor de eterna salvación» (Heb. 5: 9); el único «mediador entre Dios y los hombres el cual se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Tim. 2: 5, 6). Solo él puede «salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Heb. 7: 25).

¡Por algo el papado prohibió la Biblia y las quemaba! Las Escrituras exponen su oposición a Cristo. El sistema falso de salvación ha degradado a Cristo y lo ha reemplazado por ideas y tradiciones humanas. Pero a diferencia de los reformadores de hace quinientos años, los líderes protestantes parecen ajenos a estos peligros.

Pero, ¿qué podemos decir de los adventistas del séptimo día? ¿Cuál es la posición suya y la mía? Para muchos de nosotros se trata de un mero ejercicio filosófico, porque nunca hemos sido perseguidos por nuestra fe. Sin embargo, pronto llegará el momento en que la compra, la venta y la adoración serán asuntos de vida o muerte (Apoc. 13: 1-4, 11-17). ¿Entonces qué?

Cuando el papado use el brazo fuerte del poder civil para hacer cumplir la ley dominical por medio de un decreto de muerte (vers. 1-15), «puede parecer que la iglesia está por caer, pero no caerá. Ella permanece en pie, mientras los pecadores que hay en Sion son tamizados, mientras la paja es separada del trigo precioso. Es una prueba terrible, y sin embargo tiene que ocurrir».21 Sí, todo esto tiene qae ocurrir, pero nuestra fe en Jesús nos mantendrá firmes. «Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguios y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca» (Luc. 21: 28).

 


I. Concilio Ecuménico Vaticano II, l'he F)oatments fíf Vtüiam II. p 11.
2. Ibíd. P- 23.
3. Ibíd. P 27, 28.
4. Ibíd. P- 38.
5. Ibíd. P- 40.
6. Ibíd. P- 79.
7. Ibíd. P- 86.
8. Ibíd. 
9. Ibíd. V- 93.s 
10. Ibíd., p. 346.
11. Ibíd., p. 542. *
12. Ibíd., p. 560.
13. Ibíd., p. 79.
14. Ibíd., p. 575.
i} 15. Ibíd., p. 442.
16. Franz Xaver Esser, Zepter und Schlüssel in der Hand des Priesters (Ereiburg im Breisgau: Herder, 1924), p. 15, citado en Gerhard Pfandl, Daniel: The Seer of Babylon (Hagerstown, MD: Review and Herald, 2004), p. 81. 
17. Catecismo de la Iglesia Católica, art. 1030; cf. arts. 1030-1032. http://www.vatican.va/archive/ catechism„sp/pl23al2_sp.html (visitada el 5 de octubre de 2017).
18. Karl von Hase, Handbook to the Controversy Wiíh Rome (Londres: ReligiousTract Society, 1906), 2:111.
19. Martín Lutero, Luther's Works, t. 54, TableTalk, ed. HelmutT. í.elim.inn (Filadelfia, PA: Fortress, 1967), p. 340.
20. Martín Lutero, Luther's Works, t. 13, Selected Psalms 2, ed. faroslav Pelikan (St. Louis, MO: Concordia, 1956), p. 326.
21. Elena G. deWhite, Maranata: El Señor viene (Doral, FL: IADPA, 2014), p. 203,